En Pullay, al dueño de los trigales más hermosos del lugar, solía vérsele cada tarde poco antes de la puesta de sol, cabalgando fusta en mano su caballo negro para recorrer orgullosamente sus trigales, los que parecía atrapar al sol por su brillante amarillo oro. Cierto día les ordena a sus trabajadores que en tres días más haría una trilla; de inmediato entre aquellas gentes surgieron miradas y murmuraciones de desacuerdo, ya que la fecha indicada era el 2 de febrero "el día de la virgen de la candelaria" que desde mucho tiempo se respetaba dedicando el día a la meditación y no al trabajo. El patrón, hombre poco creyente, siempre decía eran sólo tonterías y sin hacer caso de las advertencias de la gente ordenó los preparativos para la trilla.
Las mujeres con sus típicos trajes, iban de un lado a otro sirviendo la chicha, mistela y del otro; los caballos azuzados por los inquilinos daban vueltas y vueltas pisoteando las doradas espigas, desprendiendo el trigo desde ellas al compás de los gritos ¡a yegua, a yegua..! Todo era alegría y sudor, las cantoras con sus cuecas y tonadas y la chicha animaba hasta a los más quedados, ¡ a yegua, a Yegua..!. A eso del medio día se escucha un ensordecedor ruido a la vez que la tierra tiembla y se habría tragándose a todo lo que se movía: chiquillos, carretas, mujeres, hombres, caballos y cuanto había. El patrón intenta arrancar a caballo, pero éste tropieza hundiéndose junto a su dueño el que parecía a ferrarse a su fusta, como a su vida. Al rato ya nada quedaba, una gran calma invadía a los campos, el agua brotaba poco a poco transformando la era en una pequeña laguna.
Por Luis Zamora Figueroa – Docente del Liceo Profesor Diego Misssene Burgos - Cobquecura. |