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La Lobería
La loba blanca
La era de pullay
La sirena y el Cerro la Huacha
El Piuchén
Un perro blanco en la Reforma
Destrucción del puerto de Buchupureo
La iglesia de piedra
La serpiente de la iglesia de piedra
El entierro de la iglesia de piedra
Piedra la Seña
Los remolinos del guanaco
El diablo de la Candelilla
Los duendes del estero Coqueto
La cama del diablo
El arco de los enamorados
Las huellas de la carreta del diablo
La pata de la mula
Los piratas en Taucú
La playa Mure
Piedra las comadres
El salto del diablo
La sirena
La poza del carnero
Naufragio en Huilquicura
Piedra de la campana
La virgen de Santa Rita I
La virgen de Santa Rita II
La cueva de Huilquicura (de Santa Rita)
Las hadas de Santa Rita
Kakipeluka
Leyenda de Malalco
La laguna de Santa Cruz
Anécdota en la Lobería
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Con más de 50 kilómetros de costa de finas arenas grises, y un mar sin contaminación, Cobquecura es excelente para la practica de deportes náuticos como la pesca deportiva obteniendo buenos ejemplares de Corvinas, Róbalos y Lenguados, además de la práctica de surf y bodyboard. Se pueden apreciar a través de toda la costa formaciones rocosas espectaculares ubicadas a escasos metros del campo, lo que permite observar verdes parajes y ríos aptos para el baño y la pesca. Esto convierte a Cobquecura en un verdadero santuario de la naturaleza.
EL DIABLO EN LA CANDELILLA:

En los atardeceres de otoño e invierno, en el sector “La Candelilla”, aparecía el diantre con la forma de burro y los ojos inyectados en sangre, e invitaba a los temerarios que por allí se atrevían pasar a subirse sobre su lomo, motivo por el que la gente huía despavorida de ese lugar. Hasta que un día, un grupo de niños que volvía de la antigua escuela de Cobquecura se encuentra con el maldito, el que los invita a subirse a su lomo, amenazándoles con “Al que quede abajo me lo llevaré en cuerpo y alma al infierno”. Dicho esto, temerosamente alcanzan a subir cuatro niños, quedando uno abajo, pues no cabían más. El niño que no alcanzó a subir, desesperado, miró a los lados apenas divisó una estaca de pellin que estaba botada, en un cerrar de ojos, la recoge y la ensarta con gran fuerza en el ano del animal para subirse en ella y así no ser llevado por el diantre. La bestia, al sentir la estaca en el cuerpo, lanza un gran resoplido, revienta y desaparece dejando un tremendo olor a azufre y una humareda muy espesa, salvándose de esa forma todos los niños. Desde aquel día el diablo no aparece por el lugar, por el temor de encontrarse con esos chiquillos que lo hicieron reventar.

Por Luis Zamora Figueroa – Docente del Liceo Profesor Diego Misssene Burgos - Cobquecura.