En los atardeceres de otoño e invierno, en el sector “La Candelilla”, aparecía el diantre con la forma de burro y los ojos inyectados en sangre, e invitaba a los temerarios que por allí se atrevían pasar a subirse sobre su lomo, motivo por el que la gente huía despavorida de ese lugar. Hasta que un día, un grupo de niños que volvía de la antigua escuela de Cobquecura se encuentra con el maldito, el que los invita a subirse a su lomo, amenazándoles con “Al que quede abajo me lo llevaré en cuerpo y alma al infierno”. Dicho esto, temerosamente alcanzan a subir cuatro niños, quedando uno abajo, pues no cabían más. El niño que no alcanzó a subir, desesperado, miró a los lados apenas divisó una estaca de pellin que estaba botada, en un cerrar de ojos, la recoge y la ensarta con gran fuerza en el ano del animal para subirse en ella y así no ser llevado por el diantre. La bestia, al sentir la estaca en el cuerpo, lanza un gran resoplido, revienta y desaparece dejando un tremendo olor a azufre y una humareda muy espesa, salvándose de esa forma todos los niños. Desde aquel día el diablo no aparece por el lugar, por el temor de encontrarse con esos chiquillos que lo hicieron reventar.
Por Luis Zamora Figueroa – Docente del Liceo Profesor Diego Misssene Burgos - Cobquecura. |