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La Lobería
La loba blanca
La era de pullay
La sirena y el Cerro la Huacha
El Piuchén
Un perro blanco en la Reforma
Destrucción del puerto de Buchupureo
La iglesia de piedra
La serpiente de la iglesia de piedra
El entierro de la iglesia de piedra
Piedra la Seña
Los remolinos del guanaco
El diablo de la Candelilla
Los duendes del estero Coqueto
La cama del diablo
El arco de los enamorados
Las huellas de la carreta del diablo
La pata de la mula
Los piratas en Taucú
La playa Mure
Piedra las comadres
El salto del diablo
La sirena
La poza del carnero
Naufragio en Huilquicura
Piedra de la campana
La virgen de Santa Rita I
La virgen de Santa Rita II
La cueva de Huilquicura (de Santa Rita)
Las hadas de Santa Rita
Kakipeluka
Leyenda de Malalco
La laguna de Santa Cruz
Anécdota en la Lobería
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Con más de 50 kilómetros de costa de finas arenas grises, y un mar sin contaminación, Cobquecura es excelente para la practica de deportes náuticos como la pesca deportiva obteniendo buenos ejemplares de Corvinas, Róbalos y Lenguados, además de la práctica de surf y bodyboard. Se pueden apreciar a través de toda la costa formaciones rocosas espectaculares ubicadas a escasos metros del campo, lo que permite observar verdes parajes y ríos aptos para el baño y la pesca. Esto convierte a Cobquecura en un verdadero santuario de la naturaleza.
ANÉCDOTA EN LA LOBERÍA:

Esta es una anécdota verdadera acaecida un día de Enero en al década del 40.
Manuel Miras, era un atlético personaje, que por razones económicas decidió avecindarse en Cobquecura.

Venía desde Valparaíso con el destacado encargo de cazar lobos marinos, para aprovechar sus pieles en la confección de abrigos elegantes para damas.
La lobería, como se le conoce hasta hoy en día, dista unos poco metros desde la orilla de la playa, variando, sólo por efecto de las mareas altas o bajas.
Buscó otros buenos nadadores, muy conocidos en el pueblo, más por sus apodos que por los nombres de pila. Juan Osorio, alias el Cachaña y Pedro Leiva, alias el Yegua Loca.

Un día de sol lleno y un mar brillante, se lanzaron a la aventura de abordar la lobería en procura de pieles y luego de los esquivos pesos.
Unas pocas brazadas y alcanzaron las rocas.

Después de unas horas juntaron las especies capturadas y se prepararon para regresar. Pero, con gran asombro y otro tanto de susto, vieron que la marea había subido y los torbellinos formados por las olas no les permitirían llegar sanos y salvos.

El caso era grave. La tarde iba cayendo. Los lobos comenzaban a retornar a sus refugios y atacaban a dentellada a los asustados cazadores. Los familiares que observaban desde la playa, magnificaban las conjeturas y entre lagrimas y gritos no tuvieron más que resignarse a “lo que Dios quiera”.

Las sombras de la noche sellaron aun más la intensidad del peligro. Pero, los resignados familiares se dieron a la tarea de hacer luminarias, no sólo para espantar el frió sino también para manifestar su presencia a los amenazados cazadores.

Así como el sol apareció delineando los perfiles de las cumbres costeras, así también, se hizo presente, entre un grupo de muchachos, rodeando al Tiburón, el mejor nadador de la costa.
No demoró en quitarse sus ropas. Una larga cuerda le esperaba para asir de ella a los loberos.

Y… no hay algo p’al frío niños?
  • Aquí… aqui tiene compadre Tiburón, dijo una voz de mujer estirandole el brazo con una tetera de 5 litros.
  • … usté sabe comadre que no se toma mate antes de bañarse…
  • Si es tinto… compadrito… échele no más…
Como tenía fama de buen bebedor, nadie se admiró que vaciara, sin cortar hebra, los cuatro litros que contenía la tetera.
  • Ahora sí, dijo. Se acabaron los tiritiones…
  • Échele un taquito de este rascatripas, pa que no le acalore el tinto, le gritó otro amigo, pasándole media botella con aguardiente.
  • Me estaba haciendo falta pa los nervios… compadrito. Si parece que sabía usté don del alma… Y, besar la botella y vaciarla de un sorbo en su boca fue sólo un segundo.
Listo así para lanzarse a las olas, lo hizo con la mayor naturalidad. En dos minutos se le vió subir a las rocas, abrazar a sus amigos y atarlos junto con las piezas capturadas a la cuerda que le habían dado para asegurarlos.
En dos minutos, también, llegó a la playa levantando los brazos y agradecido a todos los parabienes y felicitaciones por su acción.

Por Ramón Orellana Yánez – Dueño de Cabañas Rucamar - Cobquecura.