Esta es una anécdota verdadera acaecida un día de Enero en al década del 40.
Manuel Miras, era un atlético personaje, que por razones económicas decidió avecindarse en Cobquecura.
Venía desde Valparaíso con el destacado encargo de cazar lobos marinos, para aprovechar sus pieles en la confección de abrigos elegantes para damas.
La lobería, como se le conoce hasta hoy en día, dista unos poco metros desde la orilla de la playa, variando, sólo por efecto de las mareas altas o bajas.
Buscó otros buenos nadadores, muy conocidos en el pueblo, más por sus apodos que por los nombres de pila. Juan Osorio, alias el Cachaña y Pedro Leiva, alias el Yegua Loca.
Un día de sol lleno y un mar brillante, se lanzaron a la aventura de abordar la lobería en procura de pieles y luego de los esquivos pesos.
Unas pocas brazadas y alcanzaron las rocas.
Después de unas horas juntaron las especies capturadas y se prepararon para regresar. Pero, con gran asombro y otro tanto de susto, vieron que la marea había subido y los torbellinos formados por las olas no les permitirían llegar sanos y salvos.
El caso era grave. La tarde iba cayendo. Los lobos comenzaban a retornar a sus refugios y atacaban a dentellada a los asustados cazadores. Los familiares que observaban desde la playa, magnificaban las conjeturas y entre lagrimas y gritos no tuvieron más que resignarse a “lo que Dios quiera”.
Las sombras de la noche sellaron aun más la intensidad del peligro. Pero, los resignados familiares se dieron a la tarea de hacer luminarias, no sólo para espantar el frió sino también para manifestar su presencia a los amenazados cazadores.
Así como el sol apareció delineando los perfiles de las cumbres costeras, así también, se hizo presente, entre un grupo de muchachos, rodeando al Tiburón, el mejor nadador de la costa.
No demoró en quitarse sus ropas. Una larga cuerda le esperaba para asir de ella a los loberos.
Y… no hay algo p’al frío niños?
- Aquí… aqui tiene compadre Tiburón, dijo una voz de mujer estirandole el brazo con una tetera de 5 litros.
- … usté sabe comadre que no se toma mate antes de bañarse…
- Si es tinto… compadrito… échele no más…
Como tenía fama de buen bebedor, nadie se admiró que vaciara, sin cortar hebra, los cuatro litros que contenía la tetera.
- Ahora sí, dijo. Se acabaron los tiritiones…
- Échele un taquito de este rascatripas, pa que no le acalore el tinto, le gritó otro amigo, pasándole media botella con aguardiente.
- Me estaba haciendo falta pa los nervios… compadrito. Si parece que sabía usté don del alma… Y, besar la botella y vaciarla de un sorbo en su boca fue sólo un segundo.
Listo así para lanzarse a las olas, lo hizo con la mayor naturalidad. En dos minutos se le vió subir a las rocas, abrazar a sus amigos y atarlos junto con las piezas capturadas a la cuerda que le habían dado para asegurarlos.
En dos minutos, también, llegó a la playa levantando los brazos y agradecido a todos los parabienes y felicitaciones por su acción.
Por Ramón Orellana Yánez – Dueño de Cabañas Rucamar - Cobquecura. |