Vitalina Picero en razón de una manda se caracterizaba en el pueblo de Cobquecura por el uso de hábitos blancos. Era devota de la Virgen del la Merced. Su hija mayor doña Herminia Picero, tataranieta del cacique fundador, buscando los escritos de los bienes raíces de su extinta madre, entre otros documentos e instrumentos públicos halló el pergamino que le concediera en Cabildo Abierto la Ilustre Municipalidad de Cobquecura, pero viéndose que ella también había entrado en edad y no tuviera ya la seguridad de su custodia y en conocimiento que el propietario del que llegaría a ser Museo de Antigüedades en Mure Cobquecura (conocido como Quita Pena), don Jorge Concha, coleccionaba objetos de antigüedad y prendas de curiosidades de la comuna, le obsequió junto a otras prendas que habían pertenecido a su antepasado tatarabuelo cacique Picero el pergamino de cuero de lobo que contenía el acta de fundación de Cobquecura. Don Jorge Concha conservó por mucho tiempo dicho pergamino como una pieza importante del museo, obsequiándolo finalmente al escritor don Benjamín Subercaseaux en una visita que este le hiciera.
Posteriormente, con motivo de un acto religioso muy breve y sencillo, Herminia Picero, acompañada de un grupo de feligreses y de Emilia Picero, su prima hermana, hizo entrega del Bastón de Mando con empuñadura de oro del cacique Picero que usara este caracterizado personaje en ocasiones de Administración de Justicia en representación de la real Audiencia de la Villa La Concepción de Penco, para servir en las solemnidades y se mantuviera a perpetuidad en la Iglesia Parroquial San José de Cobquecura.
En dicho acto y del discurso de elogio por el rasgo espontáneo de la donante del Báculo de Mando se le impartió su bendición por el Obispo de Concepción Sr. Gilberto Fuenzalida Guzmán.
A medida que Cobquecura avanzaba en su formación de aldea, el 10 de Octubre de 1764, se funda con la denominación propia de los fundadores españoles Nuestra Señora de Buchupureo, por el gobernador Sr. Antonio Guill y Gonzaga y el 19 de Octubre de 1803, se declara oficialmente la habilitación del puerto de Itata Buchupureo para servir al comercio de cabotaje en el país, con servicio de Administración y Aduana. Sirve en carácter de Administrador del embarcadero el funcionario Sr. Juan España y Mas. Se establecieron en las inmediaciones doce bodegas para el almacenamiento y compra de frutos del país de firmas comerciales importantes nacionales y extranjeras, para su movimiento de embarque y desembarque de mercaderías al país. De exportación al Perú el trigo y cereales con motivo de un terremoto que asoló a esa nación iberoamericana, a California con motivo del descubrimiento y explotación de las minas de oro, a Ecuador, al Japón y a otras naciones Europeas.
En el decenio de 1800 que fuera el de mayor auge y prosperidad de la comuna, en Buchupureo y en frente de Las Piedras de la Lobería, en Cobquecura se estuvieron construyendo con madera de roble maulino pequeñas embarcaciones: lanchas, lanchones, botes y feluchos. Pero un maremoto ocurrido a lo largo del litoral itateño destrozó el embarcadero arrasando con las bodegas de las comerciales y las oficinas de la administración de aduanas causando la ruina y pobreza de la ciudadanía la que persiste aún en la actualidad y que se ha dejado notar en el decrecimiento de la población y menor número de habitantes en la comuna.
En 1839 la primera iglesia parroquial construida en el departamento de Itata fue levantada en la aldea de Cobquecura, teniendo por titular a San José. Fue construida en el pueblo frente a la plaza de Armas con cara oriente por el arquitecto alemán Eiffel, iglesia que duró hasta el año del terremoto de 1939, justamente un siglo. Se la consideraba grande en proporción al plano urbano de Cobquecura. Fue su primer párroco el padre mercedario de hábitos blancos y orador sagrado Sr. Aniceto Cornejo. Se vino a Cobquecura por prescripción médica a raíz de la fama del clima saludable y benigno que en esos entonces gozaba la aldea costera. Falleció en Cobquecura. Una lápida de mármol de Carrarra, de importación de Italia, recordatoria póstuma, decoraba su sepulcro en el muro sur de la iglesia que él, de años, había dirigido las obras, hasta el termino de su construcción.
Texto original de Ramón Orellana Yánez,
Dueño de Cabañas Rucamar. |